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Más que un puesto de limonada: Criando hijos que no esperan para cambiar el mundo

"No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos." — Gálatas 6:9


Como padres, emprendedores y seguidores de Cristo, con frecuencia nos hacemos una pregunta muy sencilla:

¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a marcar la diferencia?

La respuesta no está en otra lección, otro libro u otra charla.

Está en darles oportunidades para servir.

Recientemente, nuestra familia hizo algo que, para cualquiera que pasara por allí, podía parecer de lo más cotidiano. Montamos un puesto de limonada.

Pero lo que sucedió durante las siguientes dos horas me recordó que, muchas veces, Dios hace sus obras más grandes a través de nuestros más pequeños actos de obediencia.


Todo comenzó con una pregunta

Era imposible ignorar las desgarradoras imágenes que llegaban desde Venezuela después de los devastadores terremotos.

Mi hija, estudiante de octavo grado, veía las noticias junto a nosotros cuando hizo una pregunta que me detuvo en seco:

"¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudar?"

Como padres, tenemos una elección en momentos como estos.

Podemos explicarles por qué algo es difícil...

O podemos ayudarlos a descubrir que ellos también son capaces de marcar la diferencia.

Así que eso fue exactamente lo que hicimos.

Compramos limones.

Preparamos las bebidas.

Horneamos dulces.

Imprimimos códigos QR para que las personas pudieran hacer sus donaciones directamente a organizaciones confiables que estaban brindando ayuda.

Oramos juntos.

Y montamos una sencilla mesa.


Niños sirviendo juntos durante una recaudación de fondos con un puesto de limonada.

La fe se demuestra con acciones

Santiago nos recuerda que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17).

A veces pensamos que servir a Dios requiere hacer algo extraordinario.

Pero aquel sábado me recordó que, muchas veces, la fe se manifiesta de maneras sorprendentemente sencillas.

Se ve como servir un vaso de limonada bien fría durante una calurosa tarde de verano en Florida.

Se ve como explicarle a un visitante curioso qué es la panela con limón y verlo descubrir un pedacito de la cultura venezolana.

Se ve como la sonrisa de un niño al entregarle una bebida a un desconocido.

Se ve como familias eligiendo la compasión por encima de la comodidad.

Dios no nos pide que resolvamos todos los problemas del mundo.

Simplemente nos pide que seamos fieles con aquello que ya tenemos en nuestras manos.


Mucho más que una recaudación de fondos

Al terminar la tarde, alrededor de veinte personas habían pasado por nuestro puesto.

Juntas, donaron $200 directamente a organizaciones que estaban ayudando a los sobrevivientes de los terremotos.

Algunos donaron en efectivo.

Otros escanearon un código QR.

Cada persona que se detuvo se convirtió en parte de algo mucho más grande que un puesto de limonada.

Y una de mis partes favoritas de aquel día ni siquiera tuvo que ver con las bebidas.

Junto al puesto instalamos una estación de mensajes de aliento, donde los visitantes podían escribir notas a mano para incluirlas en futuros envíos de ayuda.

Niños y adultos se detuvieron a escribir mensajes de esperanza, oraciones y palabras de ánimo para personas a quienes probablemente nunca llegarían a conocer.

Fue un hermoso recordatorio de que, algunas veces, la esperanza llega escrita a mano en unas pocas palabras.


Joven emprendedora atendiendo un puesto de limonada familiar con fines benéficos.

Emprendimiento con propósito

He pasado años ayudando a crecer a diferentes negocios.

Me apasiona el emprendimiento.

Me encanta enseñar marketing.

Me encanta ayudar a las personas a construir algo que tenga significado.

Pero aquella tarde me recordó algo aún más importante.

Emprender no se trata solamente de ganar dinero.

Se trata de crear valor.

Se trata de resolver problemas.

Se trata de servir a los demás.

Se trata de reconocer que un negocio puede convertirse en un instrumento de generosidad cuando lo ponemos en las manos de Dios.

Quizás esas sean algunas de las lecciones de negocios más valiosas que mis hijos puedan aprender.


Las lecciones que no esperábamos

No todo salió perfecto.

La limonada se vendió mucho más que cualquier otra cosa.

Descubrimos que nuestras barras de limón todavía necesitan un poco de trabajo.

Nos quedaron productos.

Respondimos las mismas preguntas sobre la panela con limón una y otra vez.

¿Y saben qué?

Estoy agradecida por cada una de esas lecciones.

El éxito no consiste en hacer todo perfectamente desde el primer intento.

Se trata de aprender, mejorar y volver a intentarlo.

Eso es cierto en los negocios.

Es cierto en la crianza de nuestros hijos.

Y también es cierto en nuestro caminar con Cristo.


Los pequeños comienzos importan

El mundo suele celebrar las donaciones más grandes, las organizaciones más importantes y los gestos más extraordinarios.

Pero a lo largo de las Escrituras vemos que Dios, una y otra vez, escogió pequeños comienzos.

Un pastor con una honda.

Una viuda con dos monedas.

Un niño con cinco panes y dos peces.

Nada de aquello parecía impresionante.

Hasta que Dios multiplicó lo que estuvieron dispuestos a ofrecer.

Quizás por eso esta historia significa tanto para mí.

Porque me recuerda que cambiar el mundo casi nunca comienza teniendo todo lo necesario.

Comienza estando dispuesto a ofrecer algo.


Puesto de limonada familiar por Venezuela

¿Qué tienes en tus manos?

Quizás no tengas miles de dólares para donar.

Quizás no tengas una gran plataforma.

Quizás pienses que no tienes mucho que ofrecer.

¿Puedo animarte hoy?

Comienza con lo que ya tienes en tus manos.

Enséñales a tus hijos que la compasión es algo que se practica, no solamente algo que se siente.

Sirve a tus vecinos.

Ayuda a una familia que lo necesite.

Sean voluntarios juntos.

Hornea unas galletas.

Monta un puesto de limonada.

Escribe una nota de aliento.

Ora por alguien.

Los pequeños actos ofrecidos con fe nunca son desperdiciados en el Reino de Dios.

Porque cuando ponemos cosas ordinarias en las manos de un Dios extraordinario, Él tiene una manera maravillosa de multiplicarlas mucho más allá de lo que jamás hubiéramos imaginado.

Y algunas veces...

Cambiar el mundo comienza con un simple puesto de limonada.


 
 
 

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